Cuentos Eróticos

Tuya

— Júlia Pires de Castro —

Un mensaje basta para despertar la expectativa: Júlia viste lencería blanca y espera. Entre miradas, órdenes y desafío, la noche promete un intenso juego de seducción.

Tuya
“¡Estoy de camino a casa! Ponte la lencería blanca y túmbate, cómoda, en la cama.”

- Él sabe muy bien el efecto que este tipo de mensajes tiene en mí. 

Yo, como buena chica, obedecí y, en un abrir y cerrar de ojos, cambié mi top y los leggings por el conjunto que él ordenó. 

Me tumbé y cerré un poco los ojos. La calma que se sentía era como el silencio antes de una tormenta... yo sabía que el ambiente iba a cambiar y lo esperaba ansiosamente. 

Oí las llaves en la puerta y todo mi cuerpo se estremeció. 

No conseguí esconder una sonrisa mientras oía sus pasos acercarse al dormitorio. 

Lo vi en la puerta y ni siquiera dudó, se dirigió inmediatamente a la cama. Me quedé muy quieta hasta que llegó a mí, sin apartar los ojos de él. 
Deslizó las yemas de sus dedos por mi pie, manteniendo la mirada fija en mí como si fuera un león admirando a su presa, rodeándola para calcular el momento exacto de atacarla. 

Siguió subiendo, rodeó una rodilla, pasó a la otra y continuó por mi muslo, en un movimiento fluido, confiado, intenso, pero suave. 

Levantó la mano, me miró unos segundos más y, cuando yo iba a empezar a hablar, puso gesto serio y se llevó el dedo a la boca:

- Shhhhhhhhh... ¡Hoy no hablas!

Le lancé una sonrisa desafiante y pregunté con tono burlón: - Or what?

¡Sus ojos brillaron! Ya contaba con que mi lado brat saliera a la luz. 

- Creo que todavía no has entendido bien cuándo obedecerme, ¡pero ya te harás una idea! - me dio la espalda, se quitó el reloj y lo colocó sobre la cómoda que tenemos en el dormitorio, se quitó la corbata, volvió a girarse hacia mí y, mientras desabrochaba los gemelos, dijo con aire tranquilo y firme:

- Ahora, kitty... - sonrió, se dirigió tranquilamente al sillón al pie de la cama, se sentó frente a mí y soltó un: - ¡Ahora tócate!

No pude disimular la sorpresa y me quedé mirándolo unos segundos, intentando encontrar una forma de “escapar” de aquella situación... Sobre todo porque era la primera vez que me lo pedía y no sabía si me sentiría lo suficientemente cómoda para hacerlo. 

- ¿No quieres venir a enseñarme a hacerlo...? - pregunté con aire desafiante, pero no tan segura como me habría gustado.
 
- ¡No! - su respuesta fue inmediata y sin ninguna duda - ¡Tócate para mí, Júlia, y sin hablar! 

Aquella firmeza me dejó sin armas y mi cuerpo dio muestra de ello; al igual que aquel hombre frente a mí, sabía que me gustaba sentirme dominada, acorralada...  

“¿Quieres juego? Lo tendrás, cabrón”, pensé. 

Me puse de rodillas en la cama, frente a él, y empecé a pasar mis dedos por el encaje del sujetador. Le lancé una mirada de reojo; mantenía la misma expresión. 

“Público difícil...”, pensé sonriendo y continué.  

Mientras una de mis manos se detuvo en el sujetador, la otra fue bajando lentamente por mi vientre hasta llegar a las braguitas blancas de satén. La tela estaba tan húmeda que se oía aquel sonido mojado a medida que mis dedos danzaban sobre el cálido satén. 

Lo miré, entrecerré un poco los ojos y lentamente llevé mis dedos a mi boca... los deslicé por mis labios, que enseguida recorrí con la lengua. 

Él se acomodó en el sillón y me di cuenta de que estaba empezando a inquietarse, pero sin cambiar nunca su expresión facial. 
Llevé ambas manos detrás de la espalda, desabroché el sujetador y, sin quitármelo, volví a prestar atención a mi pecho, ansioso por el contacto.  
A través del encaje, los pezones se revelaban sin reserva alguna y mis gemidos se volvían cada vez más audibles y ansiosos. 

Llevé una mano, de nuevo, a mis braguitas. El movimiento del hombro permitió que uno de los tirantes del sujetador cayera y dejara un pezón expuesto. 
Él se mordió el labio y volvió a acomodarse. Yo seguí como si no lo hubiera visto. 

Me giré para quedarme de espaldas a él y extendí el brazo libre hacia un lado, ya con el sujetador colgando de mis dedos, y lo dejé caer a mi lado, en la cama. 

Me incliné hacia delante, apoyando la cara en la cama, pero manteniendo el culo bien levantado para él, sin perder el contacto entre mis dedos y mi lencería completamente empapada. 

Separé un poco las rodillas para quedar algo más expuesta y que él pudiera tener una visión perfecta de mis dedos entre mis muslos explorando todo mi placer. 

Aparté las braguitas a un lado, pasé un dedo muy despacio de arriba abajo y, al volver a subirlo, lo introduje dentro de mí. 
Él dejó escapar un gemido discreto y eso me excitó aún más. 

Retiré la mano, volví a elevar el torso y bajé las braguitas hasta la mitad de los muslos, abriéndolas lo suficiente para que él viera los hilos de miel que las unían a mi cuerpo…. 

Me senté en la cama, puse los pies en el suelo y, al levantarme, dejé que el satén se deslizara por mis piernas hasta el suelo mientras veía sus ojos seguir todo el recorrido. Las recogí del suelo, me dirigí al sillón, las coloqué sobre su regazo, me di la vuelta inmediatamente y regresé a la cama. 

Volví a tumbarme, esta vez boca arriba, con las piernas flexionadas y los pies sobre la colcha roja, y empecé a masturbarme con una intensidad que incluso a mí me sorprendió. 

Me sentía tan mojada, tan deseada por el hombre que más deseo, tan desafiada… 
Mis gemidos empezaron a intensificarse, mi cuerpo se retorcía sobre la cama como si alguien lo estuviera controlando, hasta que oí su voz:

- ¡Para! - al mismo tiempo que siento su mano sobre la mía, prohibiéndole mantener los movimientos que me estaban volviendo loca. 
Él rodeó la cama, fue a buscar la corbata y, muy tranquilamente, se dirigió hacia mí y me amordazó con ella. 
 
- ¡Y esto es para que aprendas a estar calladita, kitty!
 
Yo, jadeante, intentando controlar la respiración solo por la nariz, lo miro, parado frente a mí, desabrochándose el cinturón, bajándose los pantalones y arrodillándose entre mis piernas.

- ¡Este orgasmo es mío! - pasó sus dedos por mí y los probó - ¡Eres deliciosa!
 
Y, en ese instante, encajó los hombros en mis rodillas, se inclinó sobre mí hasta que nuestras narices quedaron a escasos centímetros de distancia y se deslizó dentro de mí.  

Estaba tan duro y hambriento… hambriento de mí y yo de él…
 
Mi cuerpo temblaba con cada embestida suya, me faltaba el aire cada vez que lo sentía entrar más profundo. 
La cadencia de los movimientos aumentó y no tardamos mucho en explotar, el uno en el otro, juntos. 

Me quitó la corbata de la boca, se tumbó a mi lado, me envolvió entre sus brazos y me besó… 

Me miró a los ojos:
- ¿Eres mía, has oído?!”

- Tuya, daddy… ¡Solo tuya!


Escrito por Júlia Pires de Castro.
Instagram - @juliapdecastro