Diogo se muda a un condominio con piscina, pero una fiesta con música alta le presenta a una vecina irresistible. Entre miradas intensas, el deseo crece con cada encuentro.
La sensación de tener una casa nueva siempre es buena, aunque sea alquilada. Y esta era especial. Estaba en un condominio cerrado con piscina, y yo pensaba para mis adentros:
- ¡Uiii! Cuando llegue el calor voy a disfrutar muchísimo de esa piscina.
Tener una casa nueva siempre es una mezcla de sentimientos de novedad y conquista. Todas las habitaciones son un nuevo descubrimiento, todo es nuevo y emocionante.
El móvil sonó. Era Pedro:
- Entonces, campeón, ¿ya estás instalado en tu casa nueva?
- Sí, lo estoy. – respondí.
- ¿Cuándo me invitas?
- Está bien, está bien. Pásate por aquí sobre las 21:30, te envío la ubicación por WhatsApp.
Mientras tanto, fui a desembalar todas mis cosas, hasta que sonó el timbre. Era Pedro, como siempre vestido de forma elegante pero sencilla, y traía algo en la mano: un pack de seis cervezas. No se me había pasado por la cabeza si tenía algo que ofrecerle.
- Menos mal que trajiste cerveza, porque yo no tenía nada que ofrecerte.
- Ya lo había calculado. – dijo Pedro.
Hablar con Pedro siempre era emocionante y divertido. Es de esas personas que siempre están alegres. O tal vez a veces sea una herramienta para disimular las tristezas e inseguridades de su vida, lo cual, en mi opinión, era el caso.
Una conversación lleva a otra y terminamos hablando de mi exnovia Cátia.
- ¿Ya has escuchado su nuevo single? – comentó Pedro.
- No. – dije yo en un tono seco.
- ¿Quieres escucharlo?
- Si quieres, hay unos altavoces encima de la consola del salón.
Pedro se levantó con su smartphone y emparejó los altavoces. Empiezan a sonar los primeros acordes de la música. Pedro siendo Pedro, pone el volumen extremadamente alto; escucho la música durante unos minutos mientras disfruto de mi cerveza.
De repente oigo unos golpes en la puerta, unos golpes extremadamente audibles. Miro mi Mi Band: "00:30". Le grité a Pedro:
– ¡Apaga la música!
Abrí la puerta. Y mi mundo se detuvo.
- Buenas noches.
- Buenas noches.
- ¿No sabe qué hora es?
- No.
- Es hora de apagar su música horrible.
La vecina se dirige al ascensor, no sin antes lanzarme una última mirada fulminante.
Pedro, al darse cuenta de la situación, se apresura a disculparse por lo sucedido y sale de mi casa de una manera, digamos, atropellada.
Cuando Pedro sale de mi casa, cierro la puerta y me detengo a asimilar la imagen de aquella hermosa mujer que había llamado a mi puerta unos instantes antes.
Era una mujer alta, esbelta, con tacones altos, morena... ¡y yo tengo debilidad por las morenas!
Inconscientemente y en el apogeo de mis pensamientos, mi pene da señales de vida.
Me desvestí y salté a la cabina de ducha, abrí el agua caliente y dejé que el agua surtiera su efecto relajante y calmara mis ideas.
Al día siguiente salí de casa tarde, como siempre —la puntualidad no es una de mis cualidades—; tenía el coche aparcado a la salida del ascensor.
Con el coche ya encendido, mi vecina sale del ascensor, la “vecina maravillosa”, con un bolso en el codo derecho y un trolley en la mano izquierda, se dirigía a su coche; al pasar junto a mi coche ya encendido, me lanza sutilmente aquella mirada fulminante. Solo consigo ver sus ojos porque llevaba una mascarilla FPP2 en el rostro.
Pero estaba guapísima ese día: camisa blanca con algunos botones desabrochados, falda lápiz con abertura, pelo recogido impecablemente en una coleta, maquillaje sencillo y discreto, que queda precioso con el tono moreno de su piel. Se dirigió a un SUV Peugeot 3008, lo encendió y salió del garaje a gran velocidad.
Mi respiración se volvió agitada, miré mi Mi Band, mi pulso estaba a 120 BPM.
- ¡Diogo, contrólate! – me dije a mí mismo y seguí hacia mi compromiso.
Después de un día largo e intenso de trabajo, fui al gimnasio, aparqué el coche delante del gimnasio. Era el momento de disfrutar.
Ya equipado, comencé mi entrenamiento.
Con dos mancuernas de 10 kilos cada una en la mano, comencé mi entrenamiento.
Vi una silueta rosa en la jaula de sentadillas, miré una vez y no le di importancia, pero aquella silueta me resultaba conocida.
- ¡Oh, Dios mío! - me dije a mí mismo.
Era ella.
Llevaba un mono rosa, ceñido al cuerpo, con el que se podía ver perfectamente su silueta y todas sus curvas.
Cuando terminó de hacer su ejercicio de sentadillas, empecé el mío.
Ella pasa junto a mí con una toalla en la mano y vuelve a lanzarme aquella mirada fulminante.
Ya de regreso a casa, después de ducharme, comí algo y mi cuerpo dio señales de vida y pidió descanso.
Ya era fin de semana, aquella mañana básica de sábado:
• Limpiar;
• Barrer la casa;
• Encargarnos de la ropa.
Y aquel montón era enorme.
Mi edificio tenía una lavandería de “estilo americano”, de esas que funcionan con monedas para lavar y secar la ropa.
Revisé mi cartera y tenía unas monedas.
Cogí el cesto de ropa sucia y me dirigí a la lavandería; era un pasillo un poco oscuro, lo confieso. Encontré la puerta con el cartel de “Lavandería”... ¡Y no puede ser, allí estaba ella!
Levantó la cabeza y me lanzó aquella mirada “fulminante”, hija de su madre.
- Disculpa, ¿está ocupado? - dije yo.
- No, puedes entrar, estoy sacando mi ropa de la secadora.
Entré despacito, abrí la puerta del tambor de la lavadora y metí las monedas. La máquina empezó enseguida el programa. Me quedé mirando la máquina.
Pasados unos minutos, con las manos en los bolsillos de mis jeans.
Ella inicia la conversación:
- Entonces, eres el vecino nuevo.
- Sí, ante todo te pido disculpas por el incidente de la música alta del otro día, no es una buena primera impresión.
Ella soltó una carcajada bastante sonora; fue solo en ese momento cuando reparé en que tenía una sonrisa preciosa y contagiosa. Mi corazón se saltó un latido en aquel momento.
- Bueno, voy arriba. ¿Vas a quedarte ahí plantado mirando cómo lava la máquina?
- Sí.
- ¿Pero por qué?
- Tengo miedo de que me roben la ropa, o algo parecido.
Ella soltó una carcajada muy audible.
- Ven, ¿ya conoces la piscina?
- No. - La seguí por el pasillo oscuro y sí, se confirma que tiene un trasero bonito; suspiré al hacer esta constatación y mi corazón volvió a acelerarse.
- Y esto es todo.
Sonrió.
- ¿Qué pasa?
- Es una piscina - dije medio atropellado.
Me dirigí a la tumbona de plástico.
- ¿Cómo te llamas?
- Tânia.
- Diogo, encantado.
- Puedes tutearme. Me haces sentir vieja, al fin y al cabo solo tengo 34 años.
- Yo tengo 30.
- Muy bien. ¿Llevas poco tiempo aquí?
- Dos semanas.
- Hum… por eso no te conocía. ¿A qué te dedicas?
_ Marketing digital, ¿y tú?
- Abogacía.
- Uiiiiii, qué profesión tan interesante. ¿Pero qué tipo de abogacía ejerces?
- Bueno, quizá sea mejor cambiar de conversación.
- Como quieras.
- Háblame un poco de ti, señor Diogo.
- Bueno, soy Diogo, un chico tímido, guapo hasta decir basta.
Como puedes ver por la conversación, la humildad no es precisamente una cualidad mía.
Me gusta el ciclismo de montaña, leer, me encanta conocer, viajar, tanto en coche como para conocer otros países. Háblame un poco de ti, Tânia.
- No soy precisamente una persona interesante, pero curiosamente me gustan las mismas cosas que a ti… curioso, ¿no?
- Sí, bueno, la ropa ya debe de estar lavada.
Me levanté y me dirigí a la lavandería; Tânia siguió mis pasos. Al llegar a la lavandería me di cuenta de que la máquina ya había terminado el programa de lavado.
- Bueno, ahora hay que sacar la ropa de la máquina y ponerla a secar.
- ¿No vas a meterla en la secadora? - me preguntó ella.
- No, me gusta dejarla secar al aire libre.
- Ya veo que eres un hombre muy dedicado y decidido.
- Lo intento.
- ¿Vives solo?
- Sí. Y tú, ¿vives con alguien?
- No, soy libre como un pajarito. ¿Tienes novia?
Me sorprendió completamente esa pregunta, a la que respondí enseguida.
- No, salí hace poco de una relación, digamos… no sé cómo llamarla.
- ¿Quieres hablar de eso?
Respiré profundamente y llené mis pulmones de aire; con las lágrimas quemándome los ojos, respondí:
- No.
- Muy bien, si no quieres hablar, lo respeto. - y se dirigió hacia la puerta de salida.
- Sufrí violencia doméstica.
- Lo siento.
- Mi exnovia me pegaba. - Empecé a llorar desconsoladamente; Tânia me miró con ternura.
- Ya está, ya está.
Me recompuse.
- Quizá sea mejor llevar la ropa al apartamento.
Salí de repente, Tânia me llamó.
- Oye, ¿qué vas a hacer esta noche?
- Lo básico de un sábado por la noche en tiempos de pandemia, “Netflix and Chilli”.
- ¿Quieres cenar?
- ¿Me estás invitando a una “cita”?
- Tranquilo, es solo una cena.
- Vale, nos vemos en el garaje.
- Vale. A las 20:00. – Tânia salió de la lavandería y se dirigió a su apartamento.
Esperaba a Tânia junto a mi coche. Apareció con un vestido rojo, que mostraba toda su esbelta silueta. Cenamos, nos divertimos muchísimo, bebimos.
Al llegar al edificio ambos entramos en el ascensor. Tânia pulsó el botón del 4.º piso. Yo pulsé el botón del 5.º piso. Al llegar a la planta de Tânia, ella tira de mi brazo, directamente hacia sus brazos, y nos besamos locamente.
Me empujó violentamente contra la puerta de casa, sacó la llave del bolso y abrió la puerta.
La excitación de ambos era incontrolable. Nos besamos locamente como dos animales en celo.
Le quité el vestido, dejándola en lencería. La arrojé sobre el sofá, depositando suaves besos por su estómago.
Besé suavemente la parte superior de sus muslos, despacio, sin prisas. El cuerpo de Tânia empezó a reaccionar.
Le quité suavemente y con caricias las bragas. Seguí depositando besos en la zona interior de los muslos. Le di un pequeño chupetón en los labios exteriores, ella gimió de placer.
Abrí sus labios vaginales y empecé a lamer vorazmente el clítoris; y fue ahí, en ese momento, cuando empezó a gemir cada vez más fuerte. Introduje dos de mis dedos y empecé a estimular su punto G. Tânia no pudo aguantar más y gritó de placer, de tal manera que, a aquellas horas de la noche, se pudo oír en todo el edificio.
No satisfecha, Tânia saltó sobre mi regazo y comenzó una cabalgada desenfrenada, hasta que ambos alcanzamos el clímax al mismo tiempo.
Con la respiración agitada, nuestra piel brillaba bajo la luz de la luna que entraba por la ventana.
- Gracias. - suspiró Tânia.
- ¿Gracias por qué? ¿Por el sexo?
- No, por hacer latir mi corazón como nadie lo había hecho.
Le di un beso en la frente. La cogí en brazos. Completamente agotada, se quedó dormida.
Salí de casa de Tânia.
Me dirigí al ascensor.
Tuve la sensación de que no sería la última vez que saldría por aquella puerta.
Escrito por Diogo Cordeiro.
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