Continuamos la loca saga de Sofía, la mujer dispuesta a todo para complacer a su DOM, ¡cuyo encuentro lleva a Sofía casi a colapsar de placer!
La noche acababa de caer. Miguel esperaba a Sofía en el bar del hotel. Nunca se habían visto en persona, pero desde hacía varios meses mantenían una «relación».
Iba a ser la primera sesión de Sofía... Sofía llegó. Había cumplido religiosamente las instrucciones: cabello liso negro como la noche; zapatos de tacón alto; vestido corto negro con un escote pronunciado que realzaba los pechos redondos de Sofía. No llevaba nada debajo del vestido y la ansiedad hacía que los pezones, tan erectos como estaban, parecieran querer romper la tela y llegar a la sesión antes que Sofía.
«Buenas noches, Sofía»... el tono grave de su voz hizo que Sofía se estremeciera en una mezcla de deseo y ansiedad. Con los ojos puestos en el suelo, siguiendo las instrucciones de su Señor, Sofía solo soltó un «Buenas noches, Señor». «Sígueme» fue lo que se oyó. Un sonido autoritario sin ningún grito. El cuerpo de Sofía comenzó a seguir su camino. Una necesidad de servir a aquel hombre invadió su cuerpo y su mente.
Sofía sentía una necesidad de servir; con los ojos puestos en el suelo seguía a Su Señor. Una figura cuyo rostro aún desconocía (no había tenido la audacia de mirar hacia arriba), pero el cuerpo robusto de un hombre de 40 años la hacía sentirse impulsada a seguirlo.
El camino hasta la habitación se recorrió en silencio. De repente, parecía que el hotel se había sumergido en un silencio absoluto, interrumpido únicamente por el sonido de los tacones de Sofía, que resonaban por todas partes. Con cada paso que daba, el corazón de Sofía se aceleraba: expectativa, deseo, ansiedad. Todo esto sentía Sofía mientras resonaban en su cabeza las palabras de Miguel la noche anterior: «El poder es tuyo, Sofía. En BDSM el poder es del bottom. El bottom define los límites y tiene el poder de interrumpir la sesión en cualquier momento. Tienes dos palabras de seguridad, pero te garantizo que no las necesitarás. Una para que la sesión sea menos intensa y otra para interrumpirla».
Mientras pensaba, llegaron a la puerta de la habitación. La puerta se abrió y la penumbra de la habitación estaba atravesada por la luz de las velas repartidas por ella. No apartó los ojos del suelo. Oyó cerrarse la puerta detrás de ella. No pudo evitar tragar saliva. Miguel, comprendiendo la ansiedad de Sofía, cogió el bolso que llevaba al hombro y lo colocó sobre el mueble. Con el dorso de la mano recorrió lentamente el brazo de Sofía hasta llegar a su rostro. Con los dedos levantó el rostro de Sofía. Por primera vez vislumbró los ojos color avellana de Miguel. Los ojos eran más dulces de lo que había imaginado. Los labios perfectamente delineados la invitaban a besos lánguidos. La barba era muy corta y bien cuidada... Sofía ya imaginaba su roce por su cuerpo.
Los labios de Miguel se acercaron al oído de Sofía y le susurraron: «Repite tus palabras de seguridad, necesito asegurarme de que las conoces, no haré nada que no quieras que haga». La cercanía de los labios, la brisa que brotó de ellos, la seguridad en su voz hicieron que Sofía confiara en la noche que iba a seguir.
Había quedado con Vanessa, su mejor amiga, en que la llamaría para que supiera que estaba a salvo, pero sentía que no sería necesario... pero una orden de Su Señor era una orden que debía cumplir. Casi automáticamente, Sofía dijo ambas palabras. «¡Linda niña!» fue lo que oyó y no pudo evitar sonreír. Le encantaba que la elogiaran.
Lentamente Miguel abrió la cremallera del vestido, que cayó exponiendo el cuerpo esbelto de Sofía. Un cuerpo hermoso, listo para ser explorado. Por unos instantes Miguel se quedó contemplando el espécimen que tenía delante. Sofía, a sus 40 años, tenía un cuerpo de 20. Elegante, delgada pero con curvas. Cintura fina que se ensanchaba en unas caderas delicadas y un trasero de ensueño... perfecto. Instintivamente acarició aquel delicioso trasero que iba a marcar. Los pechos redondos, hermosos, firmes, salidos de las manos de un artista y con unos pezones erectos, grandes, ideales para lo que Miguel tenía en mente. Sofía era, con diferencia, la sumisa más bella que Miguel había tenido.
«Quítame el cinturón de los pantalones». Sofía obedeció enseguida, lo sujetó con ambas manos y se lo entregó como si estuviera entregando una espada a un noble. Miguel cogió el cinturón y lo pasó lentamente por la pierna de Sofía. Empezó por los tobillos y se tomó su tiempo hasta llegar al muslo. Sofía empezó a sentirse aún más excitada. Sintió contraerse los músculos de la vagina, comenzaron a fluir líquidos; aquello era todo lo que había imaginado, mucho mejor que lo que había visto en películas.
Miguel repitió el gesto y ocasionalmente levantaba el cinturón; Sofía pensaba que esa vez lo sentiría, pero nunca era así. Miguel solo jugaba con ella. De repente, cuando Sofía menos lo esperaba, la mano de Miguel golpeó su nalga con toda su fuerza. Sofía no supo si fue por la sorpresa o por el dolor, pero se sintió lista para ser penetrada allí en ese momento y soltó un gemido.
Miguel sonreía con la malicia de quien sabe lo que hace y le susurró: «Todavía no, mi pu... taaa». La forma pausada en que dijo «pu... ta» acentuó aún más el deseo de Sofía.
Miguel pasó detrás de Sofía y le colocó una funda de almohada en la cabeza. Privada de la vista, los demás sentidos de Sofía se agudizaron. Sentía más claramente el olor de las velas. Sentía con mucha claridad la respiración de Miguel y oía sus pasos. «Respira hondo» fue lo que interrumpió los pensamientos de Sofía, seguido de un dolor agudo en los pezones.
Miguel había colocado dos pinzas que había comprado en el sex shop ese mismo día.
Sofía ya había usado pinzas de ropa, pero ahora sentía algo diferente.
Por un lado, la sensación del metal era distinta a la de la madera. Por otro, era la primera vez que Su Señor le colocaba algo en los pezones. Dolía mucho. Miguel había tenido el cuidado de colocar las pinzas en la base del pezón y de no usar toda la presión... pero el dolor era mucho mayor y mucho más placentero que el de las pinzas de ropa. Sofía sabía que se usarían mucho.
«Gracias, Señor», soltó ella mientras se desprendía una lágrima. Lágrima que Miguel limpió con el dedo, diciendo: «Sabes servirme, sirvienta, me gusta eso».
Miguel sabía que era la primera vez de Sofía y, mostrando preocupación por su sirvienta, preguntó: «¿Te sientes preparada? ¿Podemos continuar?». Sofía supo que estaba en buenas manos. Este era Su Dom, aquel que usaría su cuerpo pero cuidaría su alma. Soltó un «Sí, Señor» sin pensarlo dos veces.
Miguel la condujo a un banco que había en la habitación. Apoyó las manos de Sofía en el banco y le abrió ligeramente las piernas. Sofía estaba en posición de spanking y con los ojos vendados.
Miguel cogió su segunda compra del día. Un flogger de tiras de cuero. Tiras finas pero largas. Un instrumento que hacía las delicias de Miguel. Pero este había llamado especialmente su atención mientras paseaba por la tienda. De color escarlata, colocado junto a un látigo provocador, había captado la atención de Miguel. Sabía que Sofía aún no estaba preparada para aquel flogger... pero también sabía que no sería su única sesión con Sofía.
Usó el flogger como provocación, suave, delicado, y la mente de Sofía se sumergía en una mezcla de sensaciones. Sabía exactamente lo que era, pues ya había visto varios, pero nunca había sentido uno sobre la piel. Con cada toque sentía el miedo al dolor y la excitación por la ligereza del contacto. Sofía ardía y en su mente vivía la contradicción del deseo y el miedo a aquel instrumento de tortura. ¿Cómo podía algo destinado a provocar dolor ser tan placentero? Esperaba sentir en cualquier momento las tiras rasgando su piel, pero solo las sentía recorrer su cuerpo de manera suave y gentil, como si fueran una pluma.
Sintió que Miguel se alejaba. Pensó: ahora es cuando. Contrajo las nalgas para soportar el impacto del flogger.
El primer impacto fue suave, seguido de varios igualmente suaves. Una intensidad soportable. Sofía sabía que Miguel no iba a ser muy intenso (él lo había prometido), pero, caramba, aquello no era nada, pensaba Sofía.
Una vez más, cuando nada lo hacía prever, lo que sintió fue el cinturón de Miguel que ella había quitado de sus pantalones.
El cinturón dejó literalmente su marca. El dolor fue tan fuerte que le hizo olvidar las pinzas que seguían en los pezones. Las rodillas le flaquearon y Sofía soltó un grito. «Esto no ha hecho más que empezar» fue lo que se oyó, seguido de otros 3 latigazos. El sonido del cinturón sobre la piel de Sofía fue el único que se oyó. Sofía no comprendía la mezcla de dolor y placer que sentía.
Sin saber qué estaba pasando, cuando se dio cuenta tenía la cabeza sobre el banco, las manos detrás de la espalda y unas cuerdas ataban sus brazos entre sí. Con los pezones y las nalgas gritando de dolor, la vagina exigía placer. Leyendo los pensamientos de Sofía, cogió la varita que ella había traído (era su juguete favorito y ya le había ordenado usarla en videollamadas siguiendo sus instrucciones) y empezó a masajear el coño de Sofía.
«Córrete, perra», y Sofía tuvo el mayor orgasmo que jamás había sentido; un chorro de fluidos brotó de ella y un espasmo atravesó su cuerpo.
Miguel no se detuvo. Sofía no podía creerlo. Su cuerpo dolorido pedía más y los orgasmos se fueron sucediendo uno tras otro, todos forzados. Su cuerpo ya no aguantaba más y, en el octavo orgasmo, se desplomó en el suelo.
Miguel sonreía. Sonreía de una manera maliciosa, como quien sabía que se había convertido en dueño de aquel hermoso ejemplar del sexo femenino. Sofía iba a ser su sumisa. Lo sabía.
Pero ahora tenía que ocuparse de lo más importante de una sesión: «el after care». Mimar y cuidar de Sofía.
Desató las manos de Sofía. Besó las marcas dejadas por las cuerdas. La levantó del suelo y la acostó en la cama. Se tumbó a su lado y la acurrucó contra su pecho.
Le susurró las palabras: «Tu sesión ha terminado».
Mientras acariciaba y mimaba a Sofía, ella sentía una unión cósmica.
Se durmió en los brazos de Su Señor, tranquila, en paz. La paz de la que siempre había oído hablar a otras sumisas y que solo ahora entendía. La paz que proviene de la libertad de tener un dueño al que servir.
Durmió y soñó, soñó con convertirse en la sumisa que siempre había querido ser.
<<<< PARTE 1
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